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.Universidad del Valle de México :: Rectoría Institucional. Episteme No. 8-9. Año 2, Octubre-Diciembre 2006
Dirección Institucional de Investigación e Innovación Tecnológica


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Importancia de las relaciones interpersonales
en los cuidados de enfermería


Alejandro Campos Huichan
UVM-Querétaro

 

Resumen
El artículo considera el análisis del ámbito profesional de la enfermera, distinguiendo las relaciones interpersonales y el proceso de comunicación que se establece en los cuidados de enfermería. Resalta la necesidad de enfrentar, desde una perspectiva ética y humanista, la solución a los procesos de despersonalización en las relaciones humanas que vive el mundo actual.

En este sentido, se propone que en los vínculos enfermera–paciente logren establecerse permanentemente relaciones genuinamente humanas, donde haya un énfasis particular en el respeto a la dignidad del ser humano y se conciba al paciente como una persona, y no como una cosa ni como un objeto de ganancias económicas. Es indispensable emplear estrategias educativas adecuadas para promover el aprender sirviendo, de modo que las y los profesionales asuman un compromiso con las demandas de la sociedad y se fomente la concordia social.

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Introducción :: ¿Qué es el hombre? :: Convivencia social y relaciones interpersonales

RI en los cuidados de enfermería :: ¿Conclusiones? :: Referencias

Bibliografía :: Acerca del autor

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Introducción

Hablar de relaciones interpersonales es hacer referencia a la esencia misma del ser humano, ya que el hombre necesita de otros hombres para sobrevivir y poder realizar su propia humanidad. El hombre no puede vivir en soledad, al menos no puede hacerlo humanamente.

En todo espacio sociocultural, un individuo convive con otros individuos, esto le permite conocer a los demás y conocerse a sí mismo. Por tanto, las relaciones interpersonales, aquellas que se establecen entre al menos dos personas, son parte esencial de la vida en sociedad, característica del ser humano.

Una de las finalidades de las relaciones interpersonales es propiciar la convivencia humana en forma armónica, pero: ¿cómo alcanzar este propósito dentro de un mundo complejo, donde predomina la despersonalización de las relaciones humanas?, ¿cómo lograr el buen entendimiento entre las personas? Una posibilidad es partir de una serie de principios éticos que guíen la actuación del hombre e intentar establecer una adecuada comunicación con nuestros semejantes, en la que prevalezca el diálogo, el intercambio y la vinculación recíproca.

Esto es aplicable a todos los espacios socioculturales en que se desenvuelve el ser humano, ya sea la familia, los diversos grupos de convivencia o los laborales, donde sabemos que aun cuando la persona desarrolla actividades propias, también está en situación de dependencia de las acciones de otros para dar solución a sus demandas y satisfacer sus necesidades. En este sentido, las relaciones interpersonales son la base para el buen funcionamiento de la sociedad, a partir de la convivencia armónica entre las personas y el fortalecimiento de la concordia social.

El objetivo del presente trabajo es resaltar la importancia de las relaciones interpersonales en la convivencia social y, principalmente, en los cuidados de enfermería para analizar la diversidad de factores que inciden en esta práctica profesional, abordando las vinculaciones establecidas con los pacientes y sus familiares, así como con otros profesionales de la salud, particularmente, en el encuentro humano esencial conocido como cuidados de enfermería.

Iniciamos al exponer nuestra concepción del hombre como un ser social, destacando sus principales diferencias con los animales y las implicaciones de éstas para el desarrollo de la humanidad de la persona, su valor para la vida en sociedad que comparte con sus semejantes.

Posteriormente, analizamos dos aspectos fundamentales de la convivencia social: la interrelación entre personas, que demanda un trato humano para el logro de la concordia social, y el proceso de comunicación implicado en dicha interrelación.

En este contexto se abordan los aspectos más importantes del vínculo enfermera-paciente: los conocimientos, habilidades y actitudes necesarios para el establecimiento de relaciones interpersonales genuinamente humanas. Por último, hacemos una serie de reflexiones sobre la posibilidad de enfrentar la actual despersonalización en las relaciones humanas, específicamente en el espacio sociocultural en que tienen lugar las vinculaciones enfermera-paciente, hablamos de los cuidados de enfermería.

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¿Qué es el hombre?

“…nacemos humanos pero eso no basta: tenemos
también que llegar a serlo”
Fernando Savater

Sin pretender dar una respuesta definitiva a esta pregunta que se ha formulado desde hace siglos, comentaremos las principales características del hombre en comparación con los animales, a fin de aproximarnos al entendimiento de la complejidad de su vida social y de las relaciones que establece con sus semejantes.

El hombre es considerado como un ser cualitativamente diferente de los animales, aun cuando pertenecen al mismo reino, ya que a diferencia de éstos posee una determinación genética limitada; es decir, la mayoría de las características específicamente humanas no están dadas por un código genético. Así, nuestra humanidad no es algo meramente biológico.

El comportamiento, las aptitudes y los caracteres propiamente humanos no se transmiten por herencia biológica, los adquirimos a lo largo de la vida y, por lo tanto, puede decirse que todo individuo aprende a ser hombre (Leontiev, 1983). Por esa razón, el hombre es un ser social y todo lo que en él hay de humano proviene del contacto con otros seres humanos, de su vida en sociedad. En consecuencia, es sólo a través de otros (sus semejantes) que la posibilidad de ser humano se realiza efectivamente. Esto implica un proceso de socialización, donde la comunicación resulta de suma importancia, es decir, conlleva un proceso de formación o, diríamos, un proceso de educación.

“..lo propio del hombre no es tanto el mero aprender como el aprender de otros hombres, ser enseñado por ellos. Nuestro maestro no es el mundo, las cosas, los sucesos naturales, ni siquiera el conjunto de técnicas y rituales que llamamos ‘cultura’ sino la vinculación intersubjetiva con otras conciencias”. 1

Recordemos el ejemplo de Piéron (citado en Leontiev, 1983): si una catástrofe matara a toda la población adulta, sobreviviendo sólo los niños pequeños (agregamos, sin lenguaje), esto no significaría el fin del género humano, mas sí el de la historia de la humanidad tal como se estaba dando, pues no habría quién transmitiera los logros socioculturales a los niños ni habría quién, observando un proceso educativo, diera continuidad al desarrollo de la humanidad. Aún más, no sería posible que estos niños sin lenguaje continuaran el mismo curso de su desarrollo como seres humanos.

Una forma de apoyar esta idea, la encontramos en los casos documentados de niños que han vivido algún tiempo al margen de la sociedad humana, ya sea en soledad (Víctor del Aveyron, citado en Merani, 1972) o entre animales (Amala y Kamala, citado en Sidorov, 1983). En ambos casos, el primero estudiado al inicio del siglo XIX y el segundo en los años 20 del siglo pasado, se encontró que el joven y las niñas, respectivamente, al carecer del contacto con sus semejantes no llegaron a formarse como tales; es decir, la naturaleza no los hizo humanos. Esfuerzos posteriores, básicamente de las personas responsables de su educación y cuidados, tuvieron algunos avances sobre su formación, pero no los resultados que se hubieran deseado. De hecho, su vida lejos de la sociedad fue un obstáculo para el desarrollo de sus características propiamente humanas.

En contraste con la determinación genética limitada, el hombre posee un desarrollo neuronal superior al de los animales. Es en parte debido a esta complejidad neuronal, conformada históricamente en millones de años de evolución y de vida social, que el hombre logró configurar características específicas, tales como el lenguaje y el raciocinio, las cuales se constituyeron en sus principales herramientas para sobrevivir en la naturaleza, transformarla y dominarla.

Por esto, desde hace siglos se ha planteado que el ser humano, a diferencia de los animales, es un ser racional. Por ejemplo, Aristóteles consideró al hombre como el único ser viviente que posee la facultad discursiva y el intelecto. De acuerdo con Savater (1999b), la razón sólo es propia del ser humano, es lo que los humanos tenemos en común, en ella se funda nuestra humanidad compartida. La razón implica comunicación con los semejantes, armonizar puntos de vista intersubjetivos.

Hasta aquí, hemos comentado dos diferencias sobresalientes entre el hombre y los animales: el código genético y la distinta evolución neuronal, factores que han permitido el desarrollo del lenguaje, el raciocinio y la vida sociocultural, además de hacer necesario un proceso de socialización o educación para la adecuada apropiación de dichas características.

La socialización o educación en el ser humano es un proceso continuo, permanente a lo largo de toda su vida. Es decir, el hombre siempre está en formación, en un proceso continuo de humanización. En este proceso, el lenguaje juega un papel esencial, ya que permite aprender los diferentes significados creados por nuestro grupo sociocultural, poder referirnos a sucesos pasados, a situaciones o hechos futuros, a cosas existentes o, incluso, a aquellas que pueden llegar a existir.

Esta es una tercera diferencia sobresaliente entre el hombre y los animales, aun cuando haya quien hable de lenguaje animal y de sociedades de animales, ya que sus formas de organización y “comunicación” se dan siempre vinculadas a finalidades biológicas, a la supervivencia de la especie, por muy elaborados que parezcan; por ejemplo, la dinámica de las abejas. Para plantearlo de otro modo, el llamado lenguaje de los animales sirve para decir lo que hay que decir; en cambio, el lenguaje humano es esencial para decir lo que queremos decir. Esta característica que nos asemeja como seres humanos, la capacidad de hablar, es mucho más importante que lo que nos separa, el utilizar idiomas diferentes (Savater, 1999b).

El papel del lenguaje en el desarrollo de las características propiamente humanas y en la evolución de los procesos psicológicos en los individuos ha sido ampliamente estudiado por diferentes psicólogos (Vygotsky, 1995, Luria, 1980). Estos autores han destacado la importancia de la función simbólica del lenguaje y de los factores históricos, sociales y culturales en los seres humanos.

El aspecto simbólico del lenguaje, signos convencionales acordados por la sociedad humana que se refieren directamente a una realidad mental, hecha de significados y de sentidos, es la base de la importancia de la educación en la vida del ser humano (Savater, 1999b).

Dado que las características específicamente humanas no están determinadas genéticamente y que el grupo sociocultural al cual pertenece el individuo sólo condiciona en forma parcial su comportamiento, existe un cuarto aspecto que distingue al hombre de los animales: la capacidad de elegir.

La capacidad de elección o decisión lleva, necesariamente, a lo que los psicólogos humanistas (no sólo ellos, por supuesto) llaman la libertad del ser humano. Frankl (2003) describe situaciones diversas en las que los seres humanos, sometidos a condiciones que realmente cuestionan el llamarlos de este modo, aún conservaban la posibilidad de decidir lo que sería de ellos, al menos mental y espiritualmente:

“…al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino… Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, la que hace que la vida tenga sentido y propósito”. 2

Aunque todas sus características apunten a una dirección y aunque biológica y culturalmente tienda o esté condicionado a una acción, el hombre es capaz de decir “sí” o “no”, “quiero” o “no quiero”. Si bien es cierto, el hombre no puede hacer cualquier cosa que desee, también es cierto que no está obligado a querer hacer una sola cosa (Savater, 2003). Sobre el particular, no debe quedar sin mencionar el complemento necesario de la libertad del ser humano; es decir, la responsabilidad que conlleva asumir las consecuencias de las acciones realizadas y la influencia de ésta sobre la formación de nuestra persona.

Ahora bien, que los aspectos propiamente humanos no estén determinados genéticamente, no implica que el hombre ya no sea afectado por leyes biológicas, sino simplemente que éstas no determinan el desarrollo socio-histórico del hombre y de la humanidad.

Por tanto, dada la complejidad del hombre, diferentes teorías y corrientes psicológicas lo conciben como una unidad biopsicosocial, considerando su estructura y el funcionamiento como organismo (aspecto biológico), los procesos psíquicos, la personalidad y las relaciones interpersonales (aspecto psicológico) y la sociedad y la cultura en que se desenvuelve (aspecto social). Esto nos lleva a una quinta diferencia entre el hombre y los animales: mientras que los animales se comportan instintivamente para sobrevivir, su propósito es la supervivencia; el hombre, al pertenecer a un grupo sociocultural, depende de sus semejantes para sobrevivir y para vivir humanamente, por tanto, podría decirse que se dedica a la convivencia. Una diferencia importante y profunda.

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Convivencia social y relaciones interpersonales

“Dime cómo concibes al ser humano y te diré
cómo te relacionas con él”
Carlos Mondragón

De acuerdo con lo visto, el hombre es un ser social, por lo que requiere de otros para desarrollar sus características propiamente humanas. Esto significa que en soledad no es posible llegar a convertirse en humano.

El proceso de socialización en el hombre es muy prolongado y la relación con los demás, con sus semejantes, a menudo es difícil de sobrellevar. Situación que se vuelve más compleja en nuestra sociedad contemporánea, donde destaca la despersonalización de las relaciones humanas.

Previamente, indicamos que el hombre, a diferencia de los animales, se caracteriza por la relación íntima y necesaria con sus semejantes, por su necesidad de convivir con otros, a fin de hacer realidad su humanidad. Dicha convivencia social implica una interrelación entre personas diferentes. Así, aunque todos somos personas y, por ende, iguales en esencia, cada uno como individuos, somos diferentes, únicos e irrepetibles. De este modo, las relaciones interpersonales en lo que se denomina la convivencia social, nos refieren una “unidad yo-tú-nosotros” (Manning, Márquez y Leo, 2005).

Uno de los aspectos importantes de las relaciones interpersonales es que permiten la comprensión de la propia subjetividad, al hacernos conscientes de que somos personas diferentes.

“…los demás nunca están de ‘más’, es decir, nunca son superfluos o meros impedimentos para el desarrollo de una individualidad que en realidad sólo se afirma entre ellos. Para conocernos a nosotros mismos necesitamos primero ser reconocidos por nuestros semejantes”. 3

Entonces, ¿cómo organizar la convivencia social de tal modo que las relaciones interpersonales sean fructíferas y promuevan el desarrollo de cada uno de los individuos, en un ambiente de respeto mutuo y buscando la conservación de la unidad yo-tú-nosotros?

Puede indicarse que lo medular de la interrelación con nuestros semejantes, de la convivencia social, es establecer vínculos genuinamente humanos. Esto significa que, para convertir la posible discordia humana en concordia social, es necesario tratar humanamente a los demás, como personas y no como objetos o instrumentos para la realización de nuestros deseos; requiere tomar en cuenta los intereses de los otros, comprenderlos desde sus propias perspectivas; como dicen los psicólogos, se necesita de esa facultad llamada empatía.

Dado que las personas vivimos en un mundo lleno de significados, es gracias al lenguaje que podemos captarlos. Así, el lenguaje como creación cultural es factor definitivo para ponernos en contacto con otras personas. Entonces, hablarle a alguien y escucharle es empezar a darle un trato humano.

Resulta paradójico que en algunas ocasiones prevalezca la actitud de “utilizar” a las personas y de “querer” a las cosas, esto se refleja en las relaciones interpersonales que establecemos. Sin embargo, no debemos olvidar que las acciones (incluido el trato hacia los demás) repercuten sobre el sujeto que las ejecuta. De este modo, los actos injustos, por ejemplo, van haciendo injusto a quien los ejecuta. “Por esta razón actúo”, elijo hacer, partiendo de la libertad que tengo al actuar, no “da igual”, sino que me va determinando, pues la humanización implica un proceso bidireccional, recíproco, capaz de afectar a las personas en interrelación.

Por tanto, si no doy un trato humano, si no humanizo, es muy probable que no reciba un trato humano. Del mismo modo, si no concibo a los otros como “cosa”, al menos tengo el derecho a no ser tratado como “cosa” por los demás.

“...de una cosa –aunque sea la mejor cosa del mundo- sólo pueden sacarse cosas... (mas) como no somos puras cosas, necesitamos ‘cosas’ que las cosas no tienen”. 4

Todo esto tiene que ver con la dignidad humana , la cual implica:

  • que las personas no pueden ser utilizadas como instrumentos para el logro de ciertos fines,
  • la autonomía de cada individuo para definir sus planes de vida,
  • el reconocimiento de que cada persona debe ser tratada de acuerdo con su conducta, mérito o demérito, y no según criterios raciales, étnicos, de género o de clase social, y
  • la solidaridad con la desgracia y sufrimiento de los otros (Savater, 1999b).

Así, la convivencia social, la concordia social, demanda relaciones interpersonales genuinamente humanas, respeto a la dignidad humana, trato de persona a persona, trato humano.

Considerando que es a través del lenguaje que las personas nos ponemos en contacto con otras personas, uno de los aspectos esenciales de las relaciones interpersonales es la comunicación (del latín comunicare, que significa poner algo en común), la cual demanda la interpretación correcta por parte de una persona de la intención que tiene otra al efectuar un acto lingüístico (Girbau, 2002).

Por esta razón, la comunicación se concibe como un proceso social que facilita la comprensión y convivencia entre las personas. Sin embargo, dicho proceso es complejo y, hablando de las relaciones interpersonales, muy delicado.

La comunicación se ha estudiado desde diferentes disciplinas y con diversos enfoques. Por ahora, sólo mencionaremos su clasificación en distintos tipos: intrapersonal, interpersonal y masiva; su distinción entre verbal y no verbal, y dentro de éstas categorías está la distinción entre comunicación vocal y no vocal (Morales y Cols. 1999).

De esta forma, retomando los conceptos anteriores, encontramos que el análisis de la comunicación entre dos personas en cualquier contexto social requiere considerar no sólo lo que se dice, sino también la entonación de la voz, el ritmo del habla, las inflexiones (acentuación), los movimientos corporales y la disposición espacial, entre otras variables que influyen en la interpretación de lo dicho. Un análisis detallado de estos aspectos, a la luz de las denominadas kinesis y proxémica, puede encontrarse en Cruz (1999).

Una vez que contamos con este marco general, abordaremos las relaciones interpersonales en los cuidados de enfermería, haciendo especial énfasis en el trato humano necesario en la relación enfermera-paciente y en el proceso de comunicación involucrado en dicha relación.

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Relaciones interpersonales en los cuidados de enfermería

“Cualquiera que sea el rol al que nos adscribimos, la relación
enfermera-paciente,
se refiere a un encuentro entre dos seres humanos”
Bascuñán y Titelmann

“...recordemos que cuidar es una relación de y entre personas”
Ma. Guadalupe Orozco

Las relaciones interpersonales están presentes en cualquier espacio social y cultural. En el terreno de la práctica profesional, sea psicológica, médica o de enfermería, las relaciones que se establecen con los pacientes son cruciales para el logro de una intervención exitosa. Específicamente, la relación enfermera-paciente está presente desde el inicio de la vida de un individuo. Dicha relación se refiere a un encuentro humano entre dos personas: una que necesita ayuda y otra que posee los conocimientos y las habilidades adecuadas para ofrecerla. Así, la esencia de la práctica de la enfermería es el encuentro entre un paciente necesitado de cuidado y un profesional de enfermería, asumiendo la función de cuidador (Bascuñan y Titelmann, 2002).

La enfermera es la persona que establece las relaciones afectivas y de esperanza más estrechas con los pacientes, por ello, el cuidado se desarrolla en el ámbito de lo interpersonal e implica concretizaciones de compasión, aceptación, empatía y respeto (Suazo,2001). El cuidado incluye atención y dedicación basada en la confianza.

Al analizar la ética del cuidado humano, Quintero (2001) especifica que éste sólo puede ser efectivo si se realiza de una forma interpersonal, es decir, dentro una relación en la que al menos dos personas están en comunicación y crean una serie de vínculos. Es en este contexto donde la comunicación interpersonal y la calidad de las relaciones humanas juegan un papel trascendente para el logro de los objetivos de atención a los pacientes.

El principal reto es establecer relaciones interpersonales genuinamente humanas, donde el énfasis esté en el respeto de la dignidad de la persona, lo cual implica, como ya señalamos, no utilizar a la persona como mero instrumento para beneficios particulares, es indispensable respetar su autonomía y sus decisiones.

Las relaciones interpersonales que se dan entre la enfermera y el paciente en el proceso de atención son muy complejas y están influenciadas por múltiples situaciones y factores, entre ellos: los conocimientos, valores, principios y creencias propias de la cada una de las personas. Por esto, los cuidados de enfermería suponen una confrontación positiva y activa entre la enfermera, el equipo de salud y los pacientes, que requiere del cumplimiento de una serie de características, tales como: honestidad en el actuar, inspirar confianza y respeto a la individualidad, las cuales contribuyen en la atención de los pacientes para la recuperación de la salud (Orozco, 2002).

Además, como menciona esta misma autora, los cuidados de enfermería no pueden realizarse sin establecer relaciones con los pacientes, es decir, no es posible cuidar sin formar vínculo alguno con los pacientes. Esta relación es un acto continuo y dinámico, es un vínculo interpersonal permanente en el que el proceso de comunicación está siempre presente. Así, la esencia del cuidado descansa en el diálogo, la comunicación y la interrelación entre la enfermera y el paciente o sus familiares.

El análisis de la comunicación interpersonal en la relación enfermera-paciente ha destacado la importancia de la comunicación no verbal en los vínculos cotidianos, donde si bien una habilidad determinante es el lenguaje oral, los aspectos corporales que acompañan a lo dicho son fundamentales para la mejor comprensión del propósito de nuestros mensajes.

Al respectos, se ha planteado que el comportamiento no verbal involucra un código secreto y complicado, escrito en ninguna parte, conocido por nadie y entendido por todos (Cruz, 1999).

En el contexto de la relación enfermera-paciente se sugiere desarrollar una serie de habilidades comunicativas por parte de la enfermera, mismas que van desde la capacidad de escuchar hasta el manejo de la comunicación no verbal. Conforme algunos autores, hay nueve habilidades que pueden enriquecer la comunicación interpersonal y, por ende, la relación de la enfermera con los pacientes y sus familiares, además de favorecer su vinculación con el personal de salud. Las habilidades incluyen:

  • El comportamiento visual (los ojos y la mirada)
  • La postura
  • Los movimientos
  • Los gestos y las expresiones
  • La voz y la entonación
  • El lenguaje
  • La atención
  • El manejo del humor
  • El aspecto y el vestido (López y Vargas, 2002).

Aunque este estudio no profundiza en el análisis del comportamiento espacial, cabe mencionar que las posturas, la orientación en el espacio, la distancia y el contacto corporal también son aspectos relevantes a considerar en las relaciones interpersonales. Cruz (1999) ha estudiado la influencia de estos factores en los procesos de comunicación surgidos en diferentes contextos sociales.

Por otra parte, los estados de ánimo que experimenta el personal de enfermería pueden ser un elemento importante para revitalizar las relaciones de comunicación enfermera-paciente, que es crucial para el logro de una buena atención y recuperación de los pacientes. Las enfermeras enfrentan situaciones que generan un impacto emocional capaz de afectar su sentido del humor. En los ambientes hospitalarios, la posibilidad de que ocurra algo inesperado está siempre latente y las relaciones interpersonales son complejas, debido a la convivencia entre colegas, con otros profesionales de la salud, los pacientes y sus familiares. Por ello, se sugiere el manejo del sentido del humor expresado a través de la risa, ya que psicológicamente libera la ansiedad, y esto puede traducirse en una sensación de bienestar y relajación (González, 2005).

Además del desarrollo de competencias comunicativas y del manejo de los estados de ánimo, suelen destacarse diversas recomendaciones para el manejo de las actitudes por la enfermera, entre ellas:

  • El respeto de la dignidad de la persona y sus decisiones.
  • La independencia y la distancia emocional respecto a la problemática de los pacientes.
  • La honestidad en cuanto a sus capacidades, virtudes, limitaciones y defectos.
  • La libertad de actuar del ser humano.
  • La confidencialidad (Orozco, 2002).

Similarmente, Quintero (2001) señala que los cuidados de enfermería implican un compromiso, cuyo objetivo fundamental es la protección y preservación de las dimensiones humanas, tales como el respeto a la dignidad de la persona, la autonomía del paciente y la comprensión de los sentimientos y las emociones del mismo.

Además, existen cualidades del profesional de enfermería que son recomendables en sus relaciones interpersonales durante el cuidados de los pacientes, como son: una actitud cálida y empática, la capacidad de escuchar y acoger al paciente en sus estados emocionales, basada en la confianza y el respeto, además de sus capacidades de negociación y educación del paciente y sus familiares.

El desarrollo de algunas de estas cualidades dentro del proceso de formación del profesional de enfermería se ha vinculado a un enfoque centrado en la persona, donde se destaca el valor de la empatía, la importancia del autoconocimiento, la aceptación incondicional, sin discriminación alguna, y la congruencia (ser uno mismo en la atención brindada). Un estudio mostró que si durante la formación profesional de enfermería se propicia el desarrollo humano, logran asumirse gradualmente algunas de las cualidades antes citadas y los pacientes atendidos lo notan, suelen manifestar su satisfacción por ser escuchados, por tratar de entender las diferentes situaciones que viven, en suma, por ser tratados como personas (Hernández y Cols. 1999).

Por su parte, Arratia (1999) resalta la importancia de humanizar la atención de enfermería y centrarla en la persona, considerando el respeto y la dignidad de la misma. Menciona que debe fomentarse en el profesional de enfermería el respeto por las decisiones de los pacientes, el respeto a su libertad de elección (por ejemplo, aceptar o rechazar un procedimiento específico), incorporando el consentimiento explícito de las personas. De este modo, pueden evitarse algunos de los principales problemas surgidos en situaciones caracterizadas por una “despersonalización” de las relaciones humanas, tales como desigualdad en la prestación de servicios, falta de respeto por la autonomía y la libre voluntad de quien recibe los cuidados de enfermería, entre otros. En síntesis, esta autora chilena propone generar espacios de humanización caracterizados por el respeto a la libertad y la dignidad de la persona, partiendo de un ambiente de confianza y seguridad, que permita una atención cálida, amable y responsable, una atención humanizada.

Un análisis de las inconformidades relacionadas con la atención de enfermería que recibió la Comisión Nacional de Arbitraje Médico (CONAMED) de 1996 a 2001, permitió detectar 22 quejas relacionadas con los procedimientos de enfermería. Asimismo, pudo inferirse una falta de comunicación e información para los usuarios de los servicios de salud. A partir de este análisis se hicieron cinco recomendaciones generales para mejorar la atención de enfermería (Tena y Arroyo, 2005).

Cabe destacar que dos de estas recomendaciones resaltan el valor de mantener una comunicación efectiva con las personas a las que se proporciona atención, y a otorgar cuidados de enfermería partiendo de una concepción holística de la persona; es decir, considerarla como un ser integral y respetar sus valores culturales, ideologías y características individuales, así como sus decisiones respecto a su tratamiento y cuidados.

Nuevamente, aparecen como aspectos importantes en los cuidados de enfermería las competencias comunicativas y las relaciones interpersonales en las que prevalezca un trato humano hacia los demás. Al respecto, no olvidemos que, como dice Savater (1999b): “los demás nunca están de ‘más’”, y si esto no fuera considerado como algo crucial en las relaciones interpersonales, tampoco olvidemos que nosotros somos los demás de los demás.

Por otra parte, son pocos los estudios que tratan de otro aspecto igualmente trascendente en la relación enfermera-paciente, el referido al autocuidado de los profesionales que realizarán la atención a la salud. Una investigación realizada en Chile con personal de enfermería se centró en el desarrollo del vínculo cuidador-cuidado, desde la propia experiencia personal del profesional. Se mostró la importancia de valorar el trabajo del profesional, de desarrollar una identidad grupal y profesional, de interactuar con otros profesionales y de reconocer y compartir experiencias de la práctica y trabajo en equipo (Bascuñán y Titelmann, 2002).

Por tanto, no es sólo el paciente el que necesita de un ambiente cálido y de un trato humano, las profesionales de la salud, incluidas las enfermeras por supuesto, también requieren de relaciones interpersonales genuinamente humanas, a fin de hacer frente a las situaciones que muchas veces son emocionalmente demandantes.

Así, también es relevante promover el bienestar de los profesionales de salud, parte del cual se consigue a través de la satisfacción en el trabajo, producto de unas apropiadas relaciones interpersonales con pacientes, sus familiares y los diversos profesionales de la salud con los que se convive cotidianamente.

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¿Conclusiones?

Partimos de una concepción del hombre como un ser social que requiere de otros hombres no sólo para sobrevivir, sino también para realizar efectivamente la posibilidad de ser humano. Para lograrlo, el hombre necesita de un proceso permanente de socialización o educación, es decir, siempre estará inmerso en un proceso continuo de formación, de humanización.

El proceso de socialización en que se desarrolla el ser humano, implica como condición sine qua non la convivencia con otros (sus semejantes, otros humanos). Esta convivencia social conlleva un interrelación entre personas diferentes, por lo que la piedra angular de la concordia social es el establecer vínculos genuinamente humanos, lo cual significa respeto a la dignidad humana, trato de persona a persona. Esto es, resulta esencial tratar a las personas como personas y no como instrumentos o cosas.

En este proceso de socialización o educación, la comunicación juega un papel trascendente, ya que el mundo está lleno de significados y es gracias al lenguaje que podemos captarlos. La comunicación permite establecer relaciones interpersonales que contribuyan a lograr la convivencia con los demás; sin embargo, dada su relevancia y complejidad es necesario tomar en cuenta no sólo lo que se dice, sino también el cómo se dice, los movimientos corporales y la disposición espacial, como variables que influyen en la interpretación de lo dicho.

Bajo estos planteamientos, reflexionamos sobre la importancia de las relaciones interpersonales en el vínculo de la enfermera con los pacientes y en la esencia de su práctica profesional: los cuidados de enfermería. No olvidemos que cuidar implica necesariamente una relación de y entre personas.

Un aspecto medular en la práctica profesional de la enfermería es la manera como se establece la relación con los pacientes, la cual presupone una concepción particular del ser humano. Se dice que el primer paso para tratar a un paciente como “cosa” es concebirlo como “cosa”. Aunque en primera instancia pareciera muy difícil que esto ocurra, dado que la práctica profesional está regida por principios éticos, la “cosificación” de la persona es un peligro permanente en el ejercicio de la enfermería (Mondragón, 2002).




Por tanto, se propone que en la relación enfermera-paciente, en la atención brindada, en los cuidados profesionales, logren establecerse permanentemente relaciones genuinamente humanas, asumiendo el respeto a la dignidad de las personas al tiempo de concebir al paciente como un ser humano, tratándolo como una persona y no como una cosa, como un número de expediente, un número de cama o de cuarto, como un diagnóstico, un órgano enfermo, un caso clínico o como un objeto de ganancias económicas.

Los conocimientos, las habilidades y las actitudes necesarias para el logro de esta atención humanizada, han sido analizados en distintas partes del mundo, resaltándose la honestidad al actuar, una actitud cálida y empática, inspirar confianza, asumir la responsabilidad, la confidencialidad, el respeto a la persona en su integridad y en su libertad de decidir, en suma, un trato humano.

También se ha estudiado la importancia de la comunicación verbal y no verbal en la relación de la enfermera con los pacientes y sus familiares y con los otros profesionales de la salud, demostrándose que la forma de mirar y la capacidad de escuchar, así como el uso del lenguaje oral, son aspectos cruciales en el proceso de comunicación interpersonal.

Entonces, ¿cómo lograr relaciones interpersonales en las que prevalezcan una comunicación eficaz y un trato humano hacia los demás, considerando un ambiente emocionalmente demandante y en el que se convive cotidianamente con el dolor, el sufrimiento, la angustia, la depresión, la soledad, la desesperación y, en ocasiones, con la muerte? Claro que no es una labor fácil, sin embargo, vale la pena intentarlo, desde una perspectiva ética y humanista, ya que es parte de ese proceso de socialización o humanización en el que siempre jugamos un papel activo, formando y formándonos.

El mundo actual, caracterizado por un avance sin precedentes en la ciencia y la tecnología, en el que se habla de los aceleradores de partículas, de biotecnología, de nanotecnología, de tecnologías de la información, de la sociedad del conocimiento, encontramos que también es un mundo de desigualdades, de discriminación, de explotación del hombre por el hombre, de guerra y sus implicaciones, es un mundo en el que predomina la despersonalización en las relaciones humanas.

En el ámbito profesional de la enfermera, el desarrollo de la ciencia y la tecnología la ha separado cada vez más del paciente, llevándola a crear nuevas formas de comunicación (por ejemplo, estar pendiente de procedimientos y aparatos limita su relación cara a cara con los pacientes), mismas que pueden dificultar aún más el establecimiento de relaciones interpersonales para brindar una atención profesional y humana.

Por tanto, debemos impulsar un cambio en las relaciones interpersonales, independientemente de que los profesionales de la enfermería laboren en una institución o sean prestadores de servicios particulares. Es fundamental resaltar la importancia de la reafirmación de los principios éticos y profundizar en el conocimiento sobre el ser humano, particularmente durante la formación profesional. Para ello, las estrategias educativas que promuevan el “aprender sirviendo” pueden ser esenciales y los futuros profesionales asumirán un compromiso frente a las principales demandas de la ciudadanía (Arratia, s/f).

Quizá se piense que todo lo planteado es algo conocido, no obstante, vale la pena reflexionar sobre el nivel en el que se maneja dicho conocimiento. Savater (1999b) menciona tres niveles de entendimiento en el ser humano:

  • La información de los hechos
  • El conocimiento, que reflexiona sobre la información recibida.
  • La sabiduría, que vincula el conocimiento con las alternativas de vida, intentando establecer cómo vivir mejor de acuerdo con lo que sabemos.

Es en el último nivel en donde, quizá, nos falte mucho por recorrer. Podemos estar informados de muchas cosas importantes para proporcionar una atención profesional a los pacientes y sus familiares, podemos tener el conocimiento y las habilidades apropiadas para otorgar cuidados profesionales de enfermería, empero, tal vez necesitemos sabiduría para establecer relaciones interpersonales, en nuestra profesión y en la vida cotidiana, genuinamente humanas. En otras palabras, la llamada sociedad del conocimiento quizá necesite también convertirse en una sociedad con este tipo de sabiduría.

Como todo profesional, la enfermera cuenta con un código de ética que guía sus relaciones con la ciudadanía, las instituciones, las autoridades, sus colaboradores y sus colegas. Asumir esta serie de deberes, tanto en su práctica profesional como en su vida cotidiana significa, en parte, acercarse al nivel de sabiduría.

Estos planteamientos no pueden ser considerados como concluyentes, sino como un humilde intento de generar una reflexión genuina sobre la práctica profesional, en lo que toca a las relaciones interpersonales. Recordemos que siempre es posible mejorar en todos los ámbitos de nuestra vida, mejorar como profesionistas, como personas, ya que el proceso de humanización es permanente, inicia con la vida y sólo concluye con la muerte.

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Referencias

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Acerca del autor

Alejandro Campos Huichan
Psicólogo por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestría en Administración de Recursos Humanos, Universidad del Valle de México, con reconocimiento de Excelencia por Laureate Internacional Universities. Socio fundador del Despacho Asesoría y Consultoría en Recursos Humanos, S. C. Experiencia docente de 26 años a nivel Licenciatura. Coordinador de Academias y actualmente Director de Asuntos Académicos de la División de Ciencias de la Salud en UVM-Campus Querétaro. Linces de Oro por desempeño profesional y excelencia docente.

** Reporte presentado en el Primer Congreso Internacional de Enfermería, organizado por la Universidad del Valle de México y el Colegio de Enfermeras Profesionistas en Querétaro, A. C

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